lunes, 2 de septiembre de 2013

Ustedes son formidables.

    A finales de los años sesenta, en Orgaz, sentado junto a mis hermanos y a la tía Juliana, todos juntitos alrededor de un brasero de picón con la piernas calientes y el trasero helado, intentando acumular la valentía y el arrojo necesario para atravesar la habitación e ingresar en la cama de colchón de lana inundado de  humedad, escuchábamos la radio. La radio era el hilo comunicante entre el mundo rural -en el que nos encontrábamos- y la sociedad urbana -donde vivíamos habitualmente. Los programas radiofónicos reflejaban la sociedad del momento tal como era, sin maquillajes.
   Recuerdo un programa concreto que me gustaba sobremanera. Su título: "Ustedes son formidables". Esta emisión proponía solucionar los problemas de la gente, problemas gordísimos que con la solidaridad de los oyentes casi siempre se solucionaban. Era mágico, como en un cuento de hadas en el que la varita mágica convertía a Cenicienta. en princesa. En ese preciso instante, Alberto Oliveras, el presentador, gritaba: "¡Ustedes son formidables!  ¡Qué momento! ¡Qué alegría!
    Años más tarde comprendí que no hay hadas, ni varitas y que la solidaridad de la gente es inmensa, pero hay situaciones y problemas  en los que la sociedad tiene que tener previstas las soluciones sin tener que esperar a un programa y que alguien escuche o no su emisión. 
   El programa  dejó de emitirse al tiempo que la sociedad creció y ganó en prestaciones sociales. Afortunadamente ya  no era necesario solicitar ayuda radiofónica para conseguir una silla de ruedas o una prótesis o, simplemente, para dar de comer a una familia: la Seguridad Social se encargaba. La sociedad superó al programa.
   Hace unos días he visto con tristeza y estupor cómo en la televisión pública comienza a emitirse un programa de formato parecido al radiofónico de los años sesenta. Con más tristeza y desconsuelo, si cabe, me han venido a la mente estos recuerdos que son agradables porque me acercan a mi infancia y a las personas con las que compartía mi vida entonces, pero que, por contra,  muestran fríamente el estrepitoso retroceso al que estamos asistiendo en estos últimos tiempos.   
    Ahora mis lágrimas no resbalan solo por la situación de unos padres que tienen que operar a su hija y no disponen de medios o porque un niño implora trabajo para su papá. Mis lágrimas caen por la perdida de todos los logros sociales que habíamos conseguido a fuerza de luchar con uñas y dientes. Todo se ha esfumado, se lo ha llevado un mal viento.
   Cuántas carreras, cuántos golpes, cuántas huelgas, cuántos sacrificios, cuántos palos, cuántos botes de humo, cuántas pelotas de goma lanzadas sin compasión, cuánta lucha y entrega, cuántos cuantos, cuántas cuántas  para volver a: "Ustedes son formidables". Sencillamente, Lamentable.

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