No siempre lo que se dice coincide con lo que se entiende. Hay afirmaciones que se realizan para que el interlocutor entienda, a primera vista, lo que le gustaría oír, pero en realidad ocurre todo lo contrario.Los maestros en este innoble arte de la verborrea confusa y falsa son, en primer lugar, nuestros políticos, seguidos a corta distancia por una serie de profesionales, que esperan emboscados un descuido, para asaltarte con frases hechas, terminología desconocida y aplicada en cualquier momento y situación. Osease, los ya famosos "vende humos".
Estos pistoleros del lenguaje nos cuentan las venturas y maravillas de un mundo ideal en el que no vivimos, no hemos vivido y jamás de los jamases viviremos.
Cuando digo políticos, me refiero a la gran mayoría de los que tenemos o hemos tenido en los últimos tiempos: esos seres apoltronados y con mono de sopa boba, a cuenta del contribuyente.
Y como la mejor muestra es un botón. Voy a analizar alguna frase de mi admirada y querida señora Aguirre, reincidente, incombustible y candidata a la alcaldía de Madrid, con más peligro que un elefante en una cacharrería.
La aspirante a alcaldesa ha dicho: «No pienso pisar el Palacio de Cibeles. No tendré un Ayuntamiento megalómano».
Con estas palabras quiere dar a entender que su mandato como alcaldesa será austero y sencillo; que piensa estar próxima a los madrileños y que la cuenta de gastos bajará sustancialmente.
Bien, esto es lo que a los sufridos madrileños nos gustaría ver y oír. En un oído descuidado, incluso, puede hasta prender la semilla. Pero vamos por partes.
Los madrileños hemos gastado una verdadera fortuna en la compra del edificio de Cibeles, en su reparación y adecuación así como en el traslado de cerca de dos mil empleados. Es de todos conocido que parte del edificio se dedica a usos diferentes al de ser sede de la alcaldía. Todo ello supone unos gastos de mantenimiento y seguridad de dos millones de euros al año.
La huida de la señora Aguirre a la Plaza de la Villa,(cual político multado en el carril bus de la Gran Vía), no va a reducir, ni recuperar, ni uno solo de los euros gastados en el palacio de Cibeles.
Lo que si pasará es que habrá que invertir más dinero en el traslado y en la reforma previa al asentamiento de las posaderas de la señora Aguirre en la casa de los Cisneros y todo por una especie de vendetta personal de esta señora con el afortunadamente desaparecido Gallardón y su nunca bien ponderada sucesora, la insulsa Botella.
En fin, lo que hablábamos. ¡Vende humos!, ¡brindis al sol! ¡Políticos! ¡políticos! ¡políticos!
La aspirante a alcaldesa ha dicho: «No pienso pisar el Palacio de Cibeles. No tendré un Ayuntamiento megalómano».
Con estas palabras quiere dar a entender que su mandato como alcaldesa será austero y sencillo; que piensa estar próxima a los madrileños y que la cuenta de gastos bajará sustancialmente.
Bien, esto es lo que a los sufridos madrileños nos gustaría ver y oír. En un oído descuidado, incluso, puede hasta prender la semilla. Pero vamos por partes.
Los madrileños hemos gastado una verdadera fortuna en la compra del edificio de Cibeles, en su reparación y adecuación así como en el traslado de cerca de dos mil empleados. Es de todos conocido que parte del edificio se dedica a usos diferentes al de ser sede de la alcaldía. Todo ello supone unos gastos de mantenimiento y seguridad de dos millones de euros al año.
La huida de la señora Aguirre a la Plaza de la Villa,(cual político multado en el carril bus de la Gran Vía), no va a reducir, ni recuperar, ni uno solo de los euros gastados en el palacio de Cibeles.
Lo que si pasará es que habrá que invertir más dinero en el traslado y en la reforma previa al asentamiento de las posaderas de la señora Aguirre en la casa de los Cisneros y todo por una especie de vendetta personal de esta señora con el afortunadamente desaparecido Gallardón y su nunca bien ponderada sucesora, la insulsa Botella.
En fin, lo que hablábamos. ¡Vende humos!, ¡brindis al sol! ¡Políticos! ¡políticos! ¡políticos!


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