El día previo a unas elecciones lo denominan jornada de reflexión. Siempre me ha hecho mucha gracia el nombre. ¿Día de reflexión para quién? ¿Para los votados o para los votantes?
En concreto, hoy está claro que son los votados los que deben reflexionar. Unos, porque no pueden continuar con la política y con las practicas sucias llevadas a cabo; otros, los nuevos, por la responsabilidad recién adquirida en las urnas, de que este país continúe funcionando en paz.
Los votantes deberíamos tenerlo claro, pienso yo. Existen dos opciones: una, el continuismo de los grandes partidos y su
dificultad para limpiar el panorama anterior. Nadie está dispuesto a dejar al descubierto sus vergüenzas. La segunda opción es la de los nuevos partidos, con la plusvalía de la juventud y la rémora de la inexperiencia. No hay más.
Se vote lo que se vote, los unos y los otros, deberán aprender a pactar acuerdos beneficiosos para el pueblo y deberán hacerlo porque es lo que quiere el pueblo soberano, porque nadie tiene la verdad absoluta y por lo tanto, lo mejor son las pequeñas verdades de cada parte.
Este es el camino que se debe seguir y, si no es así, que Dios nos pille confesados, porque la cuerda tiene un límite.
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