Llegan las elecciones y comienza el circo. Por la pista central pasan domadores con el látigo escondido en la espalda, repartiendo besos, en espera de que demos vueltas a su alrededor como caballos bien mandados o elefantes obligados. Después salen los saltimbanquis haciendo saltos y cabriolas, de mentira en mentira, retando a las leyes de la física.
Entre número y número, aparecen los payasos animadores, que igual te cantan un chotis que se bailan una muñeira. Con tal de resultar graciosos y ablandar el voto, cualquier cosa.
Mientras tanto el funambulista, colgado a veinte metros de altura, hace equilibrios sobre un mar de embustes, ayudado tan solo por una barra que impide que caiga en el vacío de suciedad y corrupción que le rodea.
Desde un lado de la pista, el gran maestro de ceremonias, Monsieur Teuve, nos anuncia la llegada de la trupe de los hermanos Mentir Osos, que sin dar un respiro, saltan, vuelan, se suben unos a otros, como si no hubiera un mañana. Todo a una velocidad endiablada para hacernos perder la conciencia y que caigamos rendidos a sus pies.
Si alguno resiste el embeleco, sale a rematar el ilusionista, que lo mismo parte a una señorita en dos, que promete un millón de puestos de trabajo, es igual de fantasía lo uno que lo otro.
Por fin, el día 23 desfilarán los artistas ante nosotros, esperando nuestro aplauso y solicitando la venia para engañarnos durante cuatro años.
Esto es el circo de la política española, que como todo circo cumple con la máxima del más difícil todavía: gobernar a la gente sustentados en lo irreal y en la chirigota. Mientras, los espectadores pagamos la entrada religiosamente para que los payasos, funambulistas, volatineros, equilibristas, domadores, ilusionistas, magos, personal de pista y el gran maestro de ceremonias, puedan vivir del cuento todos los días. ¡Que empiece el espectáculo!

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