Son las siete de la mañana. Salgo a la calle y recibo el saludo de una ráfaga de aire helado en la cara. Paso por delante del termómetro de la óptica y veo con terror un -2 en la pantalla. ¡qué barbaridad! Abandono el abrigo de los edificios y cruzo la M-30, el aire azota mi cuerpo sin compasión. Me dirijo a Francisco Silvela por la calle Azcona. Al intentar apretar el paso por el puente, se me ha puesto un dolor en la pierna izquierda que apenas me deja andar. Esto es más habitual de lo que me gustaría y ya sé cómo hay que proceder: tranquilidad y a sufrir un poco. Bajo el ritmo e intento relajar los músculos de la pierna. Es en este momento cuando empieza un diálogo mudo entre la mente y la extremidad. "pierna, tenemos que seguir, ya se que te he pedido de más, pero ahora no podemos parar, vamos a ir mas despacio...".
En la calle apenas hay gente. Algunos que caminan deprisa para llegar a su trabajo y otros con menos prisa ponen fin a su fiesta, mientras tanto, los barrenderos recogen los restos de la fiesta de los que fueron los últimos en marchar. Entre unas cosas y otras, he llegado a la plaza de los Delfines. Desde aquí se adivina a lo lejos la presencia de otra plaza, la p de Cuatro Caminos. Parece que se pudiera tocar con los dedos. Comienzo el descenso hacia la Castellana. En este punto, la pierna y yo mismo nos liberamos del dolor; mi cuerpo se convierte en una maquina de vapor, perfectamente armonizada: las piernas impulsan al cuerpo alternativamente, alternativamente, sin descanso, sin variaciones. Cruzo Orense y me encamino con decisión a la glorieta, son las 7,55. ¡Uff! a pesar del dolor, menos de una hora. No está mal, no señor.
A las 10:30, recuperado el aliento, con la piernas doloridas me dispongo a recorrer el último tramo de mi camino de hoy. Subo por la Gran Vía, que este tiempo se ha ido llenando de gente llegada de todas partes . Parece que vienen con ganas de comerse la ciudad. Espero que no se les atragante. A mí, como soy de la casa, me saluda el edificio de Telefónica, el oratorio del Caballero de Gracia, y un poco más abajo, la plaza de Cibeles. Ahí aparecen ya, resueltas y firmes las puertas de Alcalá .
Como puedo, llego al Retiro, que es como mi casa. He pasado tanto tiempo aquí, me trae tan buenos recuerdos que actúa en mi maltrecho estado como un bálsamo milagroso que sanara mis heridas. Salgo por la puerta de O´Donnell y bajo esta calle hasta doctor Esquerdo. Me pierdo en el laberinto de la colonia de la Fuente del Berro, hasta entrar en el parque que me deja en la plaza de Ventas. Un poco más adelante veo, por fin, mi casa.
Son las 11.30 de la mañana. He recorrido unos 25 kilómetros. Me siento muy satisfecho.

Como puedo, llego al Retiro, que es como mi casa. He pasado tanto tiempo aquí, me trae tan buenos recuerdos que actúa en mi maltrecho estado como un bálsamo milagroso que sanara mis heridas. Salgo por la puerta de O´Donnell y bajo esta calle hasta doctor Esquerdo. Me pierdo en el laberinto de la colonia de la Fuente del Berro, hasta entrar en el parque que me deja en la plaza de Ventas. Un poco más adelante veo, por fin, mi casa.
Son las 11.30 de la mañana. He recorrido unos 25 kilómetros. Me siento muy satisfecho.
No hay comentarios:
Publicar un comentario