jueves, 7 de febrero de 2013

Paseando por Cuatro Caminos, Dehesa de la Villa, Plaza España, Cibeles, Retiro y Ventas.

    Son las siete de la mañana. Salgo a la calle y recibo el saludo de una ráfaga de aire helado en la cara. Paso por delante del termómetro de la óptica y veo con terror un -2  en la pantalla. ¡qué barbaridad! Abandono el abrigo de los edificios y cruzo la M-30, el aire azota mi cuerpo sin compasión. Me dirijo a Francisco Silvela por la calle Azcona. Al intentar apretar el paso por el puente, se me ha puesto un dolor en la pierna izquierda  que apenas me deja andar. Esto es más habitual de lo que me gustaría y ya sé cómo hay que proceder:  tranquilidad  y a sufrir un poco. Bajo el ritmo  e intento relajar los músculos de la pierna. Es en este momento cuando empieza un diálogo mudo entre la mente y la extremidad. "pierna, tenemos que seguir, ya se que te he pedido de más, pero ahora no podemos parar, vamos a ir mas despacio...".
    Ya  en Fco. Silvela, giro a la derecha y me encamino hacia la plaza de la República Argentina. Aunque el dolor continua, en los semáforos intento estirar los músculos, sé que dentro de un rato se pasará, pero la espera es muy dolorosa. Paciencia.
    En la calle apenas hay gente. Algunos que caminan deprisa para llegar a su trabajo y otros con menos prisa ponen fin a su fiesta, mientras tanto, los barrenderos recogen los restos de la fiesta de los que fueron los últimos en marchar. Entre unas cosas y otras, he llegado a la plaza de los Delfines. Desde aquí se adivina a lo lejos la presencia de otra plaza,  la p de Cuatro Caminos. Parece que se pudiera tocar con los dedos. Comienzo el descenso hacia la Castellana. En este punto, la pierna  y yo mismo nos liberamos del dolor; mi cuerpo se convierte en una maquina de vapor, perfectamente armonizada: las piernas impulsan al cuerpo alternativamente, alternativamente, sin descanso, sin variaciones. Cruzo Orense y me encamino con decisión a la glorieta, son las 7,55. ¡Uff! a pesar del dolor, menos de una hora. No está mal, no señor.
   Decido tomar la variante de Pablo Iglesias, a pesar de la dureza de la pendiente, me encuentro bien y lo voy a intentar. Giro a la derecha en el hospital de la Cruz Roja y bajo reteniendo las piernas en el primer tramo de la U que forma las calles en esta parte de la vía. Cuando comienzo el segundo, las fuerzas van disminuyendo ostensiblemente, pero llego al final del edificio de la policía, sin aliento y con las piernas agarrotadas. No importa, lo cierto es que  estoy Ahora solo hay que dejarse llevar para llegar a la Dehesa.   La Dehesa no es un parque, es un trozo de campo que milagrosamente sobrevive rodeado de ciudad, La Dehesa huele a campo, sabe a campo, es campo y uno se siente como un animal salvaje. La atravieso en diagonal , paso por el cerro de los locos y  llego acompañado de  urracas y ardillas a la Ciudad Universitaria. Ahora  vuelo por las avenidas solitarias, y  vacías de estudiantes, en busca de la Facultad de Medicina y la Nacional I.
    Son las nueve de la mañana. Tengo ante mí  a la izquierda Moncloa, de frente colegios universitarios, la facultad de  Educación Física y la parte baja del parque del Oeste. Finalmente, me decido por continuar el paseo por el parque. Este último tramo es todo de bajada y se recorre cómodamente. Allí abajo    en las pista de atletismo siempre hay alguien corriendo, yo imagino que debe ser el mismo de todos los días. Su presencia me resulta familiar y eso me gusta. Contemplar los mismos paisajes y ver a las mismas personas me hace sentirme en casa aunque esté en la calle.  Poco a poco el cuerpo va respondiendo al esfuerzo que se le exige, no sin protestar porque algún dolorcillo o molestia aparece de cuando en cuando. Todavía es llevadero.  Debo de estar entre el kilómetro 14 y 15 y es normal que el chasis empiece a crujir. Afronto con decisión el paseo Camoës:  es una subida dura, así que  intento no pensar en el camino. A cambio, mi memoria se traslada a  los altos de O Cebreiro, a los Llanos de la Larri, a los espacios abiertos ¡Qué recuerdos!
     Sin darme cuenta, he llegado a  Ríos Rosas. Estoy cansado, pero no debo hacerme consciente de ello porque aún me queda alcanzar  la plaza del Callao. Allí pararé un momento, lo justo para tomar un café. Por el camino saludo al templo de Debod , a la torre de Madrid, a Don Quijote,  a Sancho Panza, al capitán Von Trapp,  a María y a su numerosa y musical  familia... Es reconfortante saludar a tanto personaje de importancia. 
   A las 10:30, recuperado el aliento, con la piernas doloridas me dispongo a recorrer el último tramo de mi camino de hoy. Subo por la Gran Vía, que este tiempo se ha ido llenando de gente llegada de todas partes . Parece que vienen con  ganas de comerse la ciudad. Espero que no se les atragante. A mí, como soy de la casa, me saluda el edificio de Telefónica, el oratorio del Caballero de Gracia, y  un poco más abajo,  la plaza de Cibeles. Ahí aparecen ya, resueltas y firmes las puertas de Alcalá .
    Como puedo, llego al  Retiro, que es como mi casa. He pasado tanto tiempo aquí, me trae tan buenos recuerdos que actúa en mi maltrecho estado  como un bálsamo milagroso que sanara mis heridas.  Salgo por la puerta de O´Donnell y bajo esta calle hasta doctor Esquerdo. Me pierdo en el laberinto de la colonia de la Fuente del Berro, hasta entrar en el parque  que me deja en la plaza de Ventas.  Un poco más adelante veo, por fin,  mi casa.
    Son las 11.30 de la mañana. He recorrido unos 25 kilómetros. Me siento muy satisfecho.
  

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