lunes, 22 de abril de 2013

Una vuelta por la Quinta de los Molinos.


     El parque de los Molinos es casi un desconocido para  muchos madrileños. Durante la primavera se le asocia con los almendros y su floración porque gran parte de la superficie del parque está dedicada al cultivo de estos  árboles.  El resto del año, el parque permanece tranquilo y sosegado.
    La finca fue una propiedad particular hasta 1982, año en el que para  a manos del ayuntamiento de Madrid, que lo declara parque histórico y bien de interés cultural. Este jardín o agro-jardín, porque no es un jardín al uso, es más bien una explotación agrícola mediterránea, pero con mucha clase.
   Paseando por sus senderos, el publico puede disfrutar de la vegetación  madrileña de una forma más libre, menos encorsetada que en otros parques.
    El recinto tiene una extensión de 21 hectáreas y se sitúa al este de la capital. Tiene su entrada principal  en la calle de Alcalá,  junto al metro de Suances. En su interior se puede disfrutar de un palacete de estilo racionalista, de albercas y grutas, de fuentes y estanques e, incluso de  dos molinos con aeromotores, que se usan  para facilitar el riego. Estos molinos tan singulares son los  que dan nombre al jardín. 
    La Quinta, casi, casi se convierte en un laberinto de caminos abiertos o misteriosos;  anchos, o estrechos. Algunos de tierra, otros adoquinados o asfaltados e, incluso, inexistentes, trazados por el propio caminante en su paseo. Si uno se cansa puedes tira por la calle del medio y adentrarse en una extensa plantación de almendros o en un tupido olivar.
    Ahora bien, permitidme  un consejo de un paseante asiduo por el parque de Los Molinos:  elegid un día primaveral, levantaos temprano con la intención de  entrar al parque a eso de las ocho. Caminad por donde queráis, sin rumbo; escuchad la sinfonía armoniosa de las aves, dejad que la brisa fresca os acaricie, oled el perfume de las lilas, disfrutad de los colores de los almendros, de la delicadeza de las mimosas, del terciopelo de las violetas y los lirios. Contemplad el vuelo de las palomas torcaces, advertid la presencia de  las urracas y observad  el correteo  de los conejos.  Si los dioses os han regalado una lluvia la noche anterior, aspirando el olor a tierra mojada,  a pino y  a eucalipto, creeréis  estar  paseando por  el paraíso.


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