El español medio, pero medio, medio, el de inteligencia media, talla media, cabeza media, tripa media y muchas más cosas medias, vamos, como yo. No busquéis por el vecindario un prototipo de ciudadano más medio, teniéndome a mí.
Pues bueno, a lo que iba, que me pierdo por los cerros de Úbeda. El español medio, como decía, no sale de su asombro cuando día sí y día también, aparecen en las noticias de la tele los top-corruptos luciendo los modelitos de las corruptelas que se llevarán la temporada que viene. Atónitos se quedan cuando ven cómo en el desfile, a lo largo de la pasarela, sentados a un lado y otro, aparecen los adversarios políticos, con cara de no haber robado un chavo y con mueca de sorpresa y estupor como si ellos no supieran nada de nada sobre estas tendencias.
Seguro que a esa misma hora, en otra cadena o en la misma, o quizá por la noche, se cambiarán los papeles y los de las sillas, desfilarán y los que desfilan pasarán a las sillas, bailando una coreografía esperpéntica de engaño y suciedad.
El español medio -que es medio, pero no gilipollas, como se creen estas vedetes transvestidas de corrupción-, sabe que es igual el papel que desempeñen; que tanto PP y PSOE o PSOE y PP están sucios y corrompidos hasta los tuétanos, que les votaron en el pasado y les votarán en el futuro, sencillamente porque no hay otra cosa y porque a lo peor, son lo mejor de lo peor.
El español medio -que es medio, pero no gilipollas, como se creen estas vedetes transvestidas de corrupción-, sabe que es igual el papel que desempeñen; que tanto PP y PSOE o PSOE y PP están sucios y corrompidos hasta los tuétanos, que les votaron en el pasado y les votarán en el futuro, sencillamente porque no hay otra cosa y porque a lo peor, son lo mejor de lo peor.


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