Estos días los políticos, en general, y los de la costra, en particular, salen a la calle en un intento desesperado de perpetuar su poltrona. Aparecen en mercados, supermercados, en partidos de tenis o de fútbol, en las corridas de toros, en la tele pública, en la privada, todo para hacernos ver que son como nosotros y que están con nosotros. Cualquier cosa vale con tal de llevarse el voto.
Les da igual dar el salto de la cabra, que el salto del cabro. No les duelen prendas en ponerse en ridículo en cualquier espacio de televisión. Quieren demostrar que son cercanos y simpáticos, no se dan cuenta de que si quisiéramos payasos -o payasas- iríamos a buscar buenos profesionales, pero al circo.
Hay algunos que, con las manitas entrelazadas, parecen suplicar no se sabe si el voto o el perdón. Otros, mejor dicho, otras pretenden hacerse cercanos al pueblo por el viejo procedimiento de la saturación: van a dedicarse a hacer más carreras que la pichochi y la verdad que ni los taxis por su función, ni ellas por su edad están para eso.
Esta gente y, sobre todo, los de las costras no se dan cuenta que los conocemos de sobra, no se acuerdan de que somos testigos mudos de la corrupción un día sí y otro también. ¿Nos vuelven a tomar por tontos? ¿Les demostraremos que lo somos verdaderamente, volviéndolos a votar?
Yo lo siento amigos, pero con mi complicidad no van a robar al pueblo soberano. ¡Aire limpio! ¡Aire nuevo!

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