Desde que el mundo es mundo ha existido una lucha conceptual que, a día de hoy, continúa. Unas veces alimentada por unos intereses y otras por otros, pero la realidad es que el enfrentamiento entre lo habitual y lo excepcional está absolutamente vigente.
Es muy común celebrar desproporcionadamente lo habitual, lo cotidiano, cuando le celebración debería concordar con lo celebrado, ya que de esta forma se daría mayor enjundia a su espíritu. Quiero decir que deberíamos celebrar lo cotidiano, todos los días del año y no relegarlo a una fecha concreta.
¿No sería mejor celebrar el amor, la fraternidad, la libertad, la unidad, la paternidad, la maternidad..., todos los días y olvidar los días en que esos conceptos se debilitan o desaparecen? Ya que se puede dar el caso de que el espíritu de lo celebrado solo se perciba el día de la fiesta y que, pasada esta, lo cotidiano, lo habitual sea la negación del propio concepto.
Entonces de qué valen los corazones colorados, las manzanos rosáceas, las rosas rojas, los abrazos y besos a padres y madres, las felicitaciones entre amigos. No valen para nada ni para nadie a excepción, claro, de los grandes almacenes con sus propietarios al frente, ávidos de beneficios que envasan y venden los sentimientos que nosotros mismos generamos.
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