Ayer, en plena Gran Vía madrileña, recibimos una clase teórico-práctica de cómo actúan, cómo piensan y qué se puede esperar de estas señoras de buena cuna que han sido educadas entre títulos nobiliarios, águilas imperiales y cánticos celestiales. Vamos, una lección de las señoronas de toda la vida, de las fachas de manual.
Nuestra ínclita expresidenta necesitaba dinero y, como es normal, paró el coche en el carril bus de la Gran Vía. Bajó un minuto al cajero, -no es para tanto, por díos-. Estando en esas, a dos agentes de movilidad se les ocurrió multar la infracción de aparcamiento. De inmediato, la señora se personó, explicando amablemente a los agente la necesidad que le había surgido y por qué se había detenido en ese lugar.
Los agentes, una vez informados y reconocida la señora como doña Esperanza Aguirre (expresidenta de la Comunidad de Madrid, exministra de Educación y presidenta del PP de Madrid) mantuvieron su obstinación en multar a doña Esperanza y, sobre todo le hicieron perder el tiempo solicitándole papeles, permisos y demás.
Ante tamaño atropello, doña Esperanza no tuvo por menos que arrancar el coche , derribar la moto de uno de los agentes -que la tenía mal aparcada, por cierto- y no parar hasta el garaje de su casa, donde ¡por fin! se pudo liberar de la prepotencia y el machismo exhibido por los agentes así como de su pertinaz persecución por todo Madrid para que parara el coche.
¿Cómo se les ocurre multar a doña Esperanza Aguirre? Nada más y nada menos. Total por parar un minuto en el carril bus de la Gran Vía ¿No entendieron los agentes que necesitaba dinero y tuvo que parar? ¿Qué es un minuto de espera para un autobús lleno de ciudadanos? pues nada, comparado con el valor del tiempo de la ilustre y divina doña Esperanza. ¿Cómo pueden ser tan intransigentes estos agentes? ¡Qué poco comprensivos y colaboradores! ¿Cómo se atreven a tratar igual a doña Esperanza que a cualquier otro ciudadano?
Ante semejante desatino y tan desproporcionado sindiós, no puedo por menos que agradecer que nos quede la Esperanza, como guía de nuestras pobres y miserables vidas.

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