El adiós
Deambulamos sin rumbo fijo, tratando de llevarnos, impresos en la retina, todos los rincones, las fachadas, los soportales, las estatuas, las fuentes, la luz, la atmósfera jacobea. Poco a poco, las calles se fueron llenando de gentes que iban de un lado a otro, de peregrinos que llegaban y se abrazaban , de señoras en busca del pan, tras la misa del domingo.
Las piernas pesaban mucho más que en los días de atrás. Nos costaba trabajo levantar los pies del suelo y de las piedras; parecía que unas manos invisibles nos agarraban de los tobillos para retenernos unos instantes más en Santiago. El camino se resiste a perder a sus peregrinos y, a su vez, los peregrinos se aferran con fuerza al camino, a su camino. Ambos -peregrino y camino- saben que la separación es inevitable, aunque tarde o temprano, en algún momento incierto, se producirá el reencuentro.

Ya eres un veterano, y estarás empezando a preparar el tercer camino. Un abrazo Carlos
ResponderEliminar