De un tiempo a esta parte las empresas, con la excusa de garantizar la seguridad en el control de acceso a sus sedes, obligan a los trabajadores a ir identificados en todo momento, cual vacas marcadas. Unas tarjetitas que, en un principio disponían de una pinza para sujetarlas a la chaqueta o a la camisa, han florecido alrededor del cuello de todo trabajador que se precie.
Inicialmente, en las empresas la tónica general era resistirse a usarlas, e incluso plantar cara ante tan intrusiva medida. No obstante, poco a poco se fue cediendo y en la actualidad se comprueba con espanto que las dichosas tarjetitas han abandonado la intimidad laboral y han salido a la calle alegremente, descaradamente. Por las calles y las plazas, por los restaurantes y las terrazas aletean incansables las tarjetitas, ajenas a la actividad apresurada de sus dueños.
En principio pensé que, al estar obligados a portarlas tantas horas al día, a los trabajadores se les olvidaba quitárselas o que , acostumbrados a la cadena, ya no las notan: se han convertido en parte de su cuerpo, como su nariz o sus orejas.Vamos, un apéndice más de los muchos que llevamos todos encima.
Le he dado muchas vueltas al tema porque cada vez que una de estas tarjetitas aparece ante mis ojos, no puedo evitar hacer conjeturas sobre cuál es la causa de tanta persistencia. Quizá sea que, en el tráfago diario, los que ostentan su identificación laboral a todas horas terminan por olvidarse de quiénes son y necesitan leer su nombre y su cargo para reencontrarse. Pero no, finalmente, he llegado al convencimiento de que todas estas interpretaciones eran ideas falsas, reflexiones equivocadas.
Lo que ocurre, y este es mi última palabra, es que estos individuos se han visto definitivamente colonizados en su ser más íntimo y privado. Al igual que en la antigua Roma han asumido su estatus, saben que son esclavos durante casi todo el día -libertos, unas pocas horas-. Y lo peor es que están orgullosos de ello.
El collar se ha convertido en un fetiche, en un símbolo de distinción y de orgullo. "Mira, tengo collar y lo tengo, porque tengo un puesto de trabajo y mi amo es fulanito de tal".´
Pues bien, a la mierda las tarjetas, los collares y las correas que nos convierten en esclavos gustosos y a la mierda los amos que nos las imponen.
En principio pensé que, al estar obligados a portarlas tantas horas al día, a los trabajadores se les olvidaba quitárselas o que , acostumbrados a la cadena, ya no las notan: se han convertido en parte de su cuerpo, como su nariz o sus orejas.Vamos, un apéndice más de los muchos que llevamos todos encima.
Le he dado muchas vueltas al tema porque cada vez que una de estas tarjetitas aparece ante mis ojos, no puedo evitar hacer conjeturas sobre cuál es la causa de tanta persistencia. Quizá sea que, en el tráfago diario, los que ostentan su identificación laboral a todas horas terminan por olvidarse de quiénes son y necesitan leer su nombre y su cargo para reencontrarse. Pero no, finalmente, he llegado al convencimiento de que todas estas interpretaciones eran ideas falsas, reflexiones equivocadas.
Lo que ocurre, y este es mi última palabra, es que estos individuos se han visto definitivamente colonizados en su ser más íntimo y privado. Al igual que en la antigua Roma han asumido su estatus, saben que son esclavos durante casi todo el día -libertos, unas pocas horas-. Y lo peor es que están orgullosos de ello.
El collar se ha convertido en un fetiche, en un símbolo de distinción y de orgullo. "Mira, tengo collar y lo tengo, porque tengo un puesto de trabajo y mi amo es fulanito de tal".´
Pues bien, a la mierda las tarjetas, los collares y las correas que nos convierten en esclavos gustosos y a la mierda los amos que nos las imponen.

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