Los españoles somos un pueblo que peca de idealista y de ingenuo; somos unas veces caballeros andantes en pos de causas perdidas y otras, sanchopanzas tremendamente realistas, con los pies bien plantados en el suelo.
Somos a la vez Quijote y Sancho, esta dualidad nos lleva a creer en lo más noble del espíritu humano y poco después nos conduce al batacazo cuando descubrimos la cruda realidad.
Con el advenimiento de la democracia y, por consiguiente, con la caída de la dictadura, creímos que se pasaba página y todo estaba cerrado y olvidado. Pensamos que tan solo con las reglas del juego democrático, las prácticas y consignas inculcadas durante años y años, habrían desaparecido cual conejo en una chistera.
Pues no, señores, eso no ha sido así. Los pueblos no olvidan su pasado y sus costumbres de un día para otro.
Ahora nos rasgamos las vestiduras, nos arrancamos los pelos y lloramos sin consuelo al comprobar que, un día sí y otro también, aparecen casos de blanqueo de dinero. ¿Cómo nos sorprenden los casos Punica, Poquemon, Gurtel, Eres, Cajas de Ahorro , tarjetas negras, Campeón y más, y muchos mas?
Repasemos nuestro pasado y veremos que llevamos el blanqueo impregnado en la piel. Por nuestras venas corre cal y detergente, los instintos blanqueadores nos brotan en la mismísima cuna.
O es que alguno pensaba que tantos años en los que las amas de casa se han pelado las manos restregando la ropa y sumergiéndola después en agua de añil con el objetivo de blanquearla, se podían olvidar así como así, de un plumazo.
En las primeras publicidades televisivas los detergentes fueron los protagonistas principales. Los fabricantes de jabones planteaban retos insalvables cuyo objetivo final era blanquear y blanquear. Daba igual si era Ariel, Colón o jabón Lagarto, todos blanqueaban mejor, se llegó a recomendar incluso el Blanco nuclear, que ya es decir.
En el pensamiento español, lo mejor es lo blanco, expedientes blancos, voces blancas, la Inmaculada, las fachadas blancas, los pueblos blancos, la blanca paloma, el vestido de novia, la honra de la mocita, el equipo del gobierno blanco. Hemos merendado merengues, milhojas, bambas de nata... lo importante ha sido siempre que haya algo blanco.
Aquí nos da igual blanquear una pared, que el dinero negro de la burbuja inmobiliaria, el caso es blanquear. Me cuentan que en las cárceles ha crecido últimamente la demanda de botes de pintura blanca y que hombres y mujeres muy conocidos se pasan las horas muertas dándole a la brocha.
Ahora nos rasgamos las vestiduras, nos arrancamos los pelos y lloramos sin consuelo al comprobar que, un día sí y otro también, aparecen casos de blanqueo de dinero. ¿Cómo nos sorprenden los casos Punica, Poquemon, Gurtel, Eres, Cajas de Ahorro , tarjetas negras, Campeón y más, y muchos mas?Repasemos nuestro pasado y veremos que llevamos el blanqueo impregnado en la piel. Por nuestras venas corre cal y detergente, los instintos blanqueadores nos brotan en la mismísima cuna.
O es que alguno pensaba que tantos años en los que las amas de casa se han pelado las manos restregando la ropa y sumergiéndola después en agua de añil con el objetivo de blanquearla, se podían olvidar así como así, de un plumazo.En las primeras publicidades televisivas los detergentes fueron los protagonistas principales. Los fabricantes de jabones planteaban retos insalvables cuyo objetivo final era blanquear y blanquear. Daba igual si era Ariel, Colón o jabón Lagarto, todos blanqueaban mejor, se llegó a recomendar incluso el Blanco nuclear, que ya es decir.
En el pensamiento español, lo mejor es lo blanco, expedientes blancos, voces blancas, la Inmaculada, las fachadas blancas, los pueblos blancos, la blanca paloma, el vestido de novia, la honra de la mocita, el equipo del gobierno blanco. Hemos merendado merengues, milhojas, bambas de nata... lo importante ha sido siempre que haya algo blanco.
Aquí nos da igual blanquear una pared, que el dinero negro de la burbuja inmobiliaria, el caso es blanquear. Me cuentan que en las cárceles ha crecido últimamente la demanda de botes de pintura blanca y que hombres y mujeres muy conocidos se pasan las horas muertas dándole a la brocha.

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