miércoles, 26 de noviembre de 2014

Mi mundo gatuno y yo - Capítulo 20

 

 Como suele pasar, después de la tormenta viene la calma. Las primeras luces del día me trajeron renovadas fuerzas para intentar hacer todo lo posible por mi amiga, hija, hermana Gotu.
     No podía tirar la toalla y abandonar a Gotu a su suerte. Gotu es la gatita que salvamos al ser abandonada por su madre primeriza en una ya lejana noche de tormenta. No podía ser.
     Busqué el teléfono de un segundo veterinario en otro pueblo.  Esperé a que abrieran para ponerme en contacto con ellos. Mientras tanto, busqué a Gotu, por un lado y por otro, llamándole con insistencia. "Chito, chito" y venga "Chito, chito" pero, como suele pasar, Gotu no apareció hasta que no quiso.
     Con paso pausado, recorrió el trecho de tejado que le separaba del árbol alto, saltó a una rama y de la rama se dejó caer hasta el suelo, para sentarse delante de mí, como diciendo "Ya estoy aquí. ¿Qué quieres?"
   Me dirigí a la casa acompañado por la gatita, que entró detrás de mí. Le di una golosinas gatunas y la dejé que se acomodara al lado de la estufa de leña, que en esos momentos estaba casi al rojo.
    Llamé a la nueva clínica y vuelta a explicar todas las cosas... Por suerte, no todos somos iguales, así que ahora sí estaban dispuestos a darme soluciones: eso es lo que se espera de un profesional. Me dejaban una jaula de transporte grande. Si aun así había problemas, se ofrecieron a facilitarme unas pastillas que la adormecieran un poco.  
Con mejor ánimo, cogí el coche y me fui a por la jaula. Los de la clínica me dieron buena espina y mi optimismo subió como la espuma. Según iba conduciendo me repetía: "Va a ser posible, va  a ser posible". 
 Mantuve a Gotu en la casa hasta la hora fatídica en que volveríamos a la faena.  Comimos pronto y a eso de las cuatro, abrí de par en par  la puerta de la jaula  y puse dentro un platito con hígado. Me senté a esperar. 
   La gata, ante el olor y el nuevo artefacto, comenzó a merodear por los alrededores de la jaula. La olía, la olía, pero no se decidía a  entrar. Venga vueltas y vueltas y yo a punto de darme un ataque, diciendo a voces en silencio. "¡Será posible!. ¡Entra! ¡Entra! ". 
    Por fin, en una de esas vueltas, entró -sin duda a comerse el hígado- y yo cerré la puerta. ¡Pufff! ¡Madre mía!
    El animal, asustado, comenzó a maullar, a intentar abrir la puerta y a dar golpes a la jaula. Yo, en todo momento, no paré de hablarla para tratar de tranquilizarla, pero nada.
     Cuando llegó la hora, monté la jaula en el coche y nos fuimos a la clínica. Allí nos recibió un veterinario muy amable que, con mucha paciencia, escuchó mis explicaciones. Acto seguido, abrió la puerta y cogió a Gotu.
  Asombrosamente Gotu ni se movió; el animal me miraba constantemente, pero no movía ni las pestañas. Tras pesarla, con ayuda de otra veterinaria, la sedaron y procedieron a sajar el bulto.Yo, prudentemente, abandoné la sala de curas, no quería caer redondo al suelo y robar el protagonismo a la gatita. 
 Al cabo de un rato, me llamaron para decirme que todo había salido bien, que  Gotu es muy valiente y que había aguantado como una campeona toda la intervención. Además, aprovechando que estab dormida, le revisaron la boca, le palparon el cuerpo y le aplicaron un antibiótico inyectado para prevenir posteriores complicaciones.  
   Lo peor había pasado: ya podíamos marcharnos a casa. No obstante, me recomendaron que la gata pasara la noche en casa y no al raso, ya que los efectos de la anestesia podrían haberla dejado un poco indefensa y blandengue.
     Pues nada, nos subimos al coche y volvimos en silencio. Gotu no sé, pero yo iba tan contento. Hacía tiempo que no me sentía tan bien, tan pletórico. Había logrado ayudar, curar a mi gatita, a una gatita tan buena, tan guapa, tan noble. 
    Al llegar a casa,  la trupe gatuna nos esperaba.  Observaban con asombro la jaula en la que estaba su compañera Gotu. Supongo que se preguntarían "y esta, ¿de dónde viene?" Lástima que los gatos no puedan hablar. La metí dentro de casa y la solté. Como si tuviera un resorte, se fue a la puerta y comenzó a maullar -quiero decir, a pedir que la dejara salir a la calle. Desde fuera,  sus colegas la contestaban en el mismo idioma .
    La cogí en brazos y la acosté en  un cojín. En un momento se durmió profundamente. El pobrecillo debía de estar molido con tanto estrés. De vez en cuando, me asomaba y observaba su respiración.
   A eso de las diez, le preparé una cena "de enferma": un poquito de Foie-gras, un quesito y unos trocitos de chorizo; lo devoró en un pis-pas y se fue al cojín. 
   ¡Qué bien, todo en orden! Yo también cené como Dios manda y, sobre todo,  contento. A eso de las once nos fuimos a dormir, puse a Gotu  al lado de mi cama para controlarla y apagué la luz. Al rato noté cómo acercaba su nariz a la mía, como comprobando que yo respiraba bien ¿Quién cuidaba a quién? 
    Durante la noche la oí en dos ocasiones levantarse y dirigirse a su cajón. Sobre las siete se colocó frente a la puerta, así que me levanté, le curé la herida con betadine y le di el desayuno. Ya entrada la mañana, cuando consideré que ya no hacía tanto frío, la solté. 
     No podría describir con qué amor la recibieron los demás gatos, cómo la rodeaban, con qué cariño le  daban hocicadas.
     ¡Impresionante!
     Al rato volví a Madrid, ya no podía esperar más, pasé por la clínica a devolver la jaula y a reiterarles mi agradecimiento por el trato tan delicado y con tan cariñoso que habían dado a Gotu, que es tanto como decir, que me habían dado  a mí.    
   

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