Las cosas que se repiten constantemente se convierten en habituales, lo habitual pasa a ser normal y lo normal se incorpora a nuestro propio yo.
El otro día, en un paseo matutino caí en la cuenta de que tenemos la mayor parte de las aceras de Madrid invadidas con terrazas de bares, cafeterías, restaurantes, tabernas, casas de comidas, baretos, clubes de gin, entidades literarias, cafés, cantinas y tugurios de cualquier condición.
Poco a poco, y sin apenas apreciarlo, lo que antes era una eventualidad veraniega para mitigar los calores de la estación, ha tomado carta de naturaleza en la ciudad. Se han instalado estructuras fijas de aluminio con sus cierres de plástico o vidrio que han convertido los gangos provisionales en prolongaciones permanentes de negocios particulares sobre suelo público.
Todo ello, en detrimento de la ciudadanía que tiene que ir sorteando a camareros cargados de bandejas repletas de vasos, botellas, platos con comidas calientes y hasta hirvientes, poniendo en riesgos la integridad física de grandes y pequeños.
Por si fuera poco, estas chabolas se han convertido en escaparates donde nuestros hijos ven consumir drogas legales a tutiplén y sin ningún escrúpulo. Con ello se echa por tierra toda esa falsa protección al menor que nos meten hasta por las orejas nuestros políticos en las tertulias y en los programas que les hacen de voceros, cuando nos engañan a la busca del voto flotante.
Al anochecer, estos colmados de playa son tambores de resonancia que impiden el descanso del vecindario y siembran de desperdicios e inmundicias las aceras y los portales de los ciudadanos.
Ya sé que alguno pensará que los locales pagan los impuestos y las tasas por las terrazas, pero yo me pregunto en voz alta:¿Cumplen las terrazas la normativa municipal? ¿Cumplen las normas de seguridad e higiene? ¿Quién se responsabiliza del estado de las fachadas colindantes? ¿Pagan todas las terrazas? ¿Se pregunta a los vecinos si están de acuerdo con que les instalen una terraza a la misma puerta de su casa?
La alcaldesa de la Villa, que hace honor a su apellido, ha convertido las aceras de Madrid en un poblado chabolista, comparable al de la Rosilla.
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