En todos las abadías cistercienses sucede lo mismo: según vas adentrándote en el corazón del cenobio, una paz interior mezclada con una atmósfera de misterio te va envolviendo hasta llegar a poseerte por completo.
Poblet no es una excepción. Los árboles de la entrada sirven de rito iniciático al que llega en busca de aislamiento. Después los gruesos muros, las altas nave lo elevan, decididas, hacia Dios. La humedad y el silencio terminan de poner al visitante delante de sí mismo, tal cual es, sin ropajes ni dobleces.
Fotografía: J Ruiz
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