Cuenta la leyenda del barrio de la Fuensanta de Cordoba, que en cierta ocasión hubo una crecida en el Guadalquivir y la abundancia de agua trajo un caiman. El terrible animal llegó a sembrar el pánico entre la población y sobre todo entre las que habitaban en las cercanias de las huertas.
El animal acechaba a sus desprevenidas víctimas, las destrozaba y luego desaparecía en los cañaverales cercanos. Cuando sentía hambre volvía a actuar y de esta forma tenía sobrecogida e impotente a la población.
Esta situación se prolongó un tiempo, las autoridades estaban desesperados e invitaron a que alguien acabara con el animal. Una mañana se presentó un cojo y dijo que el acabaría con el problema.
Después de estudiar el comportamiento del caimán, lo acechó y lo esperó en un árbol con su muleta y un pan. El pan despertó la glotonería del animal que inmediatamente abrió la boca para engullirlo, momento que aprovechó nuestro héroe para apearse del árbol y clavar el filo de su muleta en la garganta del animal y asi acabar con la situación.
Más tarde el caiman fue disecado y se colocó como exvoto en un muro del Santuario de Nuestra Señora de la Fuensanta.
Desde entonces, durante la celebración de la Velá de la Fuensanta, es costumbre acudir al templo y ver el cuerpo disecado del caimán.


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