martes, 22 de noviembre de 2022

La Puerta de la Huerta de la Salud

  

La puerta se levantó en el año 1749 como acceso a la quinta del Cristo de la Salud, propedad de los Duques de Frías. Se trataba de una hacienda concebida para el ocio y el esparcimiento, en la línea de las muchas existentes en el siglo XVIII en la periferia de Madrid.

    Sorprende encontrar una puerta de tipo monumental tan lejos del centro histórico, pero hay que tener en cuenta que su actual configuración, a modo de entrada triunfal, es el resultado de una reciente intervención arquitectónica, que modificó significativamente su trazado inicial, su emplazamiento y su estilo artístico.   

El uso recreativo que se le daba a la finca queda patente en la inscripción que hay grabada en el dintel de la puerta, donde figura la siguiente máxima del poeta latino Ovidio: GAUDIA SUNT NOSTRO PLUSQUAM REGALIA RURI / URBE HOMINES REGNANT VIVERE RURE DATUR / AÑO DE 1749 (aunque los hombres reinan en las ciudades, sus mejores gozos residen en la vida campestre).

   A finales del siglo XIX, la quinta fue adquirida por Pedro Tovar Gutiérrez,  quien la transformó en un complejo agrícola-industrial, dándole el nombre de Huerta de la Salud, que es el que se mantiene en la actualidad. 

El nuevo propietario dejó constancia de los cambios realizados colocando una placa conmemorativa en el frontal de la puerta, justo encima de la primitiva inscripción de los Duques de Frías. En ella puede leerse la siguiente leyenda: HUERTA DE LA SALUD / REEDIFICADA EN 1894.

   La puerta en 1999, fue sacada del edificio en el que estaba encajada y llevada, como un conjunto independiente, a una explanada del Parque Huerta de la Salud.

  Con tal fin fueron incorporados elementos arquitectónicos completamente nuevos, ya que la puerta no fue diseñada para estar aislada, sino como parte integrante de una cerca, que, como se acaba indicar, dejó paso más adelante a una edificación.

    Con todos estos añadidos, se limó la apariencia tardobarroca que la puerta tuvo cuando que fue construida, adoptándose un aire netamente neoclásico. 

 Pese a los esfuerzos realizados y los loables intentos de recuperación, el resultado final es un cierto efecto de desestructuración. Extremo que se aprecia, sobre todo, en la cara septentrional, donde precisamente están colocadas las piezas originales del siglo XVIII. Éstas son las jambas delanteras, los capiteles moldurados, el dintel con inscripción y el frontón triangular.

   Aunque se ha respetado fielmente la disposición que tuvieron en sus orígenes, sus dimensiones no parecen las adecuadas en el contexto actual, con una estructura mucho más grande que antes, al haberse añadido dos cuerpos laterales.

   El frontón, en concreto, resulta demasiado pequeño teniendo en cuenta el ancho y alto que ahora mismo presenta la puerta (6,30 x 5 metros, respectivamente).

   Todo ello resta esbeltez al monumento, sin que los remates decorativos incorporados, dos piñas de piedra situadas a ambos lados del frontón, corrijan la sensación de mole que finalmente se transmite.

  La cara meridional es de nueva factura y, tal vez por ello, resulta algo más armónica. Se trata de una fachada de sillares almohadillados, enmarcada por dos medias columnas dóricas, que sostienen un entablamento simplificado.

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