El rey Felipe III , por Real Cédula, concedió el 21 de agosto de 1607, a Pablo Charquias el monopolio para almacenar nieve y distribuirla por la Corte y en toda la Corona de Castilla. Para ello, este personaje fundó la Compañía de Abasto de Nieve, que en Madrid se estableció al final entonces de la calle de Fuencarral, en el amplio espacio hoy de seis manzanas comprendido entre Barceló, la glorieta de Bilbao y Mejía Lequerica.
Se construyeron cinco profundos pozos, recubiertos de piedra o ladrillo y provistos de un desagüe en el fondo, en los que se acumulaba la nieve traída en carros desde la sierra de Guadarrama. Era necesario apisonarla con doble finalidad: para disminuir el volumen ocupado y para que se conservara más tiempo en forma de hielo. Cada pozo se protegía con una construcción techada. Toda la zona sería conocida hasta finales del siglo XIX como los Pozos de la Nieve.
Antes de que se hiciera la carretera a Navacerrada en 1788, se abastecían de los ventisqueros del Ratón y del Algodón, próximos a Miraflores, pero a partir de ese año comenzaron a explotarse los de la vertiente meridional de la sierra de Guarramillas, sobre todo el de la Condesa, allá por donde nace el río Manzanares, entre la Maliciosa y la Bola del Mundo.
Subían a los neveros por el mes de marzo, cuando los caminos y pasos de montaña empezaban a ser medianamente transitables, y cubrían las manchas de nieve con estiércol, paja de centeno o piornos (un matorral de ramas muy apretadas que crece en nuestra sierra) para resguardarla del sol. Llegado el calor, desde mayo a finales de agosto, la cargaban apisonada y protegida con pieles, esteras o helechos en carros tirados por bueyes o mulas. Más de dos horas costaba el descenso, de noche y con lobos, e incluso había que evitar a los bandoleros de siniestro apodo que aquí tuvieron también su particular "sierra Morena", y luego cuatro jornadas la llegada a Madrid para entrar de noche por la Puerta de los Pozos de la Nieve, próxima a los pozos.
La dureza del trabajo debía ser impresionante. Los neveros no disponían de abrigos y calzado moderno, y trabajaban en condiciones de frío intenso transportando y acumulando la nieve en los pozos.
A la muerte de Pablo Charquias en 1642 y la sociedad pasó a manos de sus herederos, que mantuvieron el privilegio de la exclusiva hasta acabar el siglo XVII. Después fueron poco a poco languideciendo por la competencia y cerraron en 1863. La clausura de todos ellos vendría con la aparición de las fábricas de cerveza, que tenían como empresa auxiliar la de hielo.
En esos años de auge de los Pozos, la llegada de la primavera comportaba un agradable cambio en la fisonomía de aquel paraje donde ahora vemos la glorieta de Bilbao y las primeras calles de Chamberí. A los muchos merenderos, aguaduchos y ventorrillos establecidos de fijo, se añadían los puestos ambulantes de agua de cebada, horchata y limonada. Eran consumidores obligados de la apreciada nieve y la cercanía del suministro resultaba fundamental.
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