No hay verano que no me acompañe, al menos, una puesta de sol rodeado de molinos con deseos de ser gigantes o gigantes condenados a ser molinos.
Es igual lo que sean, minutos antes del descanso solar, procesiono por las crestas de la sierra de Los Yébenes, para postrarme a los pies de cada gigante molinero, contemplar la llanura y continuar en busca del balcón donde despedir al rey sol una vez más.
En los minutos siguientes se respira paz, el silencio se impone al entorno sonoro hasta que de repente abandonamos la escena cual zombis en busca de su morada.
La liturgia, año tras año, siempre es la misma, los oficiantes los de siempre, molinos, gigantes, sol y nosotros.





























