viernes, 5 de abril de 2013

¡Que me borren!

   Termino de hacerme unos análisis clínicos en el ambulatorio de la seguridad social y ya sé que los resultados no pueden ser buenos. La espera de más de una hora y lo que he estado observando me han producido una mala sangre, que, con seguridad, tendré por las nubes el ácido del desencanto, bajos los linfocitos de la autoestima, fuera de limites los triglicéridos del ánimo y yo qué sé más. Seguro que estoy como un trasto viejo, lo de viejo ya lo adivinaba pero lo de trasto es un hallazgo. Paso a contaros lo sucedido.
    Me levanto temprano -omitiré algunos detalles que no viene al caso-, me voy al ambulatorio y cuando entro, me topo con dos colas o, mejor filas,  una más larga que otra, eso suele suceder. Iluso de mí, me dirijo a la corta y pregunto a un paciente sufridor si es la fila adecuada para las extracciones de sangre. El hombre, con una cara malísima, me indica que tengo que hacer primero la fila larga para que me entreguen unas etiquetas con las que identificar los presuntos análisis que me van a practicar; después hacer la fila corta -que, con suerte, ya será larga- y finalmente, llegar a la mesa de extracciones. ¿Cómo? "Sí señor, ¿por qué se cree que tengo esta cara?", me responde el hombre. No me lo pienso y me aborrego en la fila. Después de un ratito, empiezo a pensar y a observar. Eso es lo peor que le puede pasar a un ciudadano medio: pensar y observar, mala cosa. 
    Estoy esperando recibir una pegatinas identificativas -que bien se podrían entregar junto al volante  o quizás  podrían estar a disposición del sufrido paciente en los puestos de extracción. ¿A qué hacernos perder el tiempo y la paciencia? ¿cómo en un centro de salud, se castiga de esta forma la salud de la gente?No lo entiendo.
    El pensamiento que vuela libre me retrotrae a las viejas colas de la dictadura, delante de ventanillas que se abrían una sola hora. Vienen también a mi memoria las colas de los países del este aireadas y  hasta exhibidas en los telediaríos de la época. Y puestos a rememorar, recuerdo lo que contaban mis padres de las  colas para el suministro de pan ,  las cartillas de racionamiento, el hambre, las necesidades y veo con estupor que, actualmente, estamos  tan cerca de esto, que la sangre se me empieza espesar y me va pasar lo contrario a San Pantaleón.
   Abro más los ojos, vuelvo a mirar a mi alrededor y veo a gente resignada, sometida, obediente y sobre todo callada: el silencio se puede cortar. Estamos como las ovejas antes de entrar en el matadero, entramos por una puerta con el volante y las dichosas etiquetas y salimos por otra con un brazo descubierto y oprimiendo el orificio de la aguja, pero en silencio, totalmente en silencio. En ese momento, tengo una subida de la bilirrubina rebelde y me niego a sujetar el algodón, a oprimir el orificio. ¡Viva el moratón! ¡Viva mi moratón!.
    Pero la mente vuelve a revolotear y  me pregunto cómo puedo pertenecer a un país que retrocede día a día, un país en el  que la gente pasa hambre, en el que hay niños que no tiene qué cenar, en el que se nos priva de nuestros jóvenes -esos a los que hemos educado y formado- mandándolos al extranjero. No les podremos transmitir lo que yo he dado en llamar la experiencia generacional.
 Yo, que aún no soy tan viejo, asistí  a la instalación de la primera bombilla en  la casa de mis abuelos  y ahora me toca ser testigo de situaciones límite en las que no se puede pulsar el interruptor de la luz porque no hay dinero para pagar los recibos.
Hoy son los ambulatorios, mañana los colegíos, pasado los juzgados... no quiero ser cómplice de la pérdida de las conquistas sociales que tanto esfuerzo ha costado conseguir. Reniego de la roja, de la NBA, de los  triunfos deportivos, de los Juegos de Madrid, de los toros, del fútbol en los bares, de los yates,  de los amigos de los yates, de tanto mangante metido a político y a empresario brillante, reniego de los narcotraficantes olvidadizos, de los olvidadizos políticos, de las procesiones y de los llantos por no sacarlas a la calle, de tanta ignorancia. Aquí nadie sabe nada, pero nada de nada, pues señores yo sí se dos cosas: primera, no quiero ser de este país, que me borren. Segunda, que los responsables de todo esto se vayan  A LA MIERDA.            

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