Hoy nos adentramos en Val d´Aran. Este valle es el único de España abierto al norte por lo que la nieve, en invierno y los macizos montañosos, todo el año lo sumieron durante siglos en el aislamiento. Sus habitantes, apartados del contacto con el exterior, han conservado costumbres ancestrales, costumbres propias, gastronomía, idioma y, en definitiva una forma de vida exclusiva de estas latitudes tan solitarias.
Con la construcción del túnel de Vielha y el acceso del puerto de la Bonaigua, el valle y sus habitantes se garantizaron el acceso de los visitantes, que llegan en invierno en busca de la nieve y en verano, a descubrir sus riquísimos tesoros.
La oferta del valle para los meses de verano se sustenta en su naturaleza salvaje -ríos, lagos, montañas, cascadas, senderos y rutas-, en la gastronomía y las iglesias y, sobre todo, la gente tan encantadora que vive aquí.
Recuerdo una conversación mantenida con una señora mayor de nombre Teresita, una de la últimas habitantes de Mongarri. En el transcurso de nuestra charla nos detalló con extraordinaria precisión sus recuerdos de infancia entreverados con algunas de las antiguas costumbres del valle. Nos explicó cómo se quedaban aislados en Mongarri durante buena parte del invierno; cómo salía con su abuelo en busca de hierbas medicinales; cómo tenían en su casa un libro de remedios contra la enfermedad, cómo cuidaban del bosque, cómo los vecinos se ayudaban... Teresita nos llevó a su casa , nos enseñó su huerto, nos contó sus alegrías y sus tristezas, de una forma íntima, familiar, cercana y llena de cariño.
Teresita nos enamoró y nos supo transmitir el inmenso amor que sentía por su tierra: El Val d´Arán.

















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