Desde el advenimiento de “Podemos” a la escena
política y el alza de los pequeños partidos de izquierdas, han surgido unas
prisas desaforadas por hacer un cambio en las reglas del juego democrático con la intención de conseguir la mal llamada “Regeneración Democrática”.
Esta falsa regeneración no es otra cosa que poner
trabas a las corrientes populares que surgen del descontento general contra la
forma de gobernar de las dos grandes formaciones, convertidas en máquinas dictatoriales de poder.
Desgraciadamente, estamos en manos de gobiernos enfangados en el lodo de la
corrupción y del todo vale, de gobiernos de espaldas al pueblo, en general, y a sus
votantes, en particular; de gobiernos del
tú más y yo menos, de gobiernos que provocan el enriquecimiento de los banqueros
y de sus bolsillos, mientras que la clase trabajadora se retuerce en las colas
del paro o en las de Cáritas.
La verdadera regeneración consiste en dejar que el pueblo despierte de la modorra bipartidista imperante.
Regeneración es limpiar la sociedad de los políticos acomodados, sucios, corruptos, valedores de sus intereses y de los de sus amigos; de políticos que se representan a sí mismos y que están alejados de la gente.
Todo lo que no vaya por ese camino son componendas mezquinas que buscan perpetuarse en el poder y sacar ventaja, amparándose en el cambio de las reglas de juego. Eso no es regeneración, eso es un golpe de estado a la democracia desde las instituciones. Tan golpistas serán los que aprueben los cambios, como los que no abandonen la representación en cualquier institución del Estado un segundo después de consumarse semejante hecho.
Dejemos que el pueblo despierte y se manifieste libremente: eso es regeneración.
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