martes, 14 de octubre de 2014

PASEÍTOS 1 - De La Mariblanca a Frascuelo

    Nace una nueva sección que pretende dar a conocer Madrid por medio de pequeños paseos. Los recorridos harán parada y fonda en todo aquello que llame mi atención.  La sección se llama "Paseistos" y espero que hagáis los recorridos junto a mi.


    Nos encontramos en la emblemática Puerta del Sol, a la entrada de la calle Arenal y frente a la estatua conocida como la Mariblanca. 

   Una estatua de origen incierto, fue comprada en el año 1625 por el mercader florentino Ludovico Truchi, para coronar la desaparecida Fuente de la Fe. 
    Durante sus casi 400 años ha estado en distintas ubicaciones. Al principio, en la Puerta del Sol. En 1838 se desplaza a la Plaza de las Descalzas, después pasa a un almacén donde permanecerá olvidada durante largos años, hasta que en 1912 se decide ubicarla en los Jardines de El Retiro. Después pasará al Paseo de Recoletos donde fue víctima del absurdo vandalismo. Posteriormente se restauró y se trasladó al Museo de Historia de Madrid, en la calle Fuencarral. Actualmente reside en la histórica Casa de la Villa de Madrid, el antiguo Ayuntamiento. En el último tercio del siglo XX se encargó una copia, que es la que ahora  contemplamos ante de nosotros.

   La estatua, de pequeñas dimensiones,  representa a una mujer ataviada con atuendos clásicos y con un amorcillo a sus pies. No hay consenso entre los investigadores sobre si se trata de Diana, de Venus o de una alegoría de la Fe. En cualquier caso, el nombre que finalmente se ha impuesto, incluso a efectos oficiales, es el de la Mariblanca, una expresión popular que alude a la blancura del mármol con que la estatua está tallada.

  Girando sobre nosotros mismos, como si de un paso de chotís se tratara, podemos ver: el famoso cartel luminoso del Tío Pepe, cambiado de ubicación  por la intransigencia de una multinacional;  el Palacio de Comunicaciones -sede de la Comunidad Autónoma, y antes de otras cosas peores- y a nuestra espalda, una emblemática pastelería: La Mallorquina.     
  La Mallorquina se inaugura en 1894. Su nombre proviene del origen balear de su fundador: Juan Ripoll. Allí puso una tienda de pasteles (principalmente ensaimadas), fiambres y botellas. El Señor Ripoll dotó al local con un salón interior para que los contertulios tomaran chocolate, café, cerveza, etc. Las ensaimadas mallorquinas fueron muy populares en aquella época. Sus camareros iban vestidos de frac y hablaban francés. Los helados no se servían en copa como era corriente, sino en platillos de cristal con forma de concha, acompañados de un bollito mallorquín. Ripoll y dos de sus socios aportaron a la cocina madrileña dos productos mallorquines como eran la sobrasada y la ensaimada. En la tienda se podían adquirir estos productos junto con el jamón dulce y el huevo hilado.
   Con el tiempo, los salones se hicieron populares y las elegancias de los inicios  acabaron cediendo ante la asistencia masiva de la gente todo tipo y condición que, simplemente, pasaba por la calle. Además, Las tertulias pronto acudirían a los salones de La Mallorquina.  Gracias a la presencia de estas tertulias literarias la Mallorquina se convirtió en un centro de cultura, un cenáculo, una academia popular de gran influencia en los primeros años del siglo XX, antes de la guerra civil.
   La familia de Ripoll finalmente vendió su negocio, durante la guerra civil a sus actuales propietarios.

    En la actualidad, la Mallorquina es parada obligada para saborear sus Napolitanas, Reinas de nata, Trufas de chocolate etc...

    Nos adentramos por la calle Arenal y paramos enseguida frente a la Farmacia Arenal II, antigua Farmacia Gayoso de fama reconocida desde su nacimiento en el año 1855, por la preparación de fórmulas magistrales y preparados, así como por su tan reconocida tertulia, frecuentada   por personas ilustres . 
    Hoy, el ayuntamiento homenajea al establecimiento con esta placa diseñada por Mingote y colocada en el suelo. 
    Continuamos nuestro paseíto, calle Arenal abajo hasta el número 8, lugar donde Luis Coloma sitúa la vivienda del personaje del cuento (Ratón Pérez) que le encargaron en El Palacio Real de Madrid.
   Allá por 1894, pidieron al padre Coloma que escribiera un cuento cuando a Alfonso XIII, que entonces tenía 8 años, se le cayó un diente. Coloma lo presenta como un bonachón personaje que muestra al Rey Buby (apodo con que la Reina María Cristina llamaba a su hijo) las miserias de los pobres, antes de depositar un toisón de oro en su ilustre pecho.
  El ratón vivía con su familia dentro de una gran caja de galletas, en el almacén de la entonces famosa confitería Prats, en el número ocho de la calle Arenal, en el corazón de Madrid, a unos cien metros del Palacio Real. El pequeño roedor se escapaba frecuentemente de su domicilio y, a través de las cañerías de la ciudad, llegaba a las habitaciones del pequeño rey Bubi I (Alfonso XIII) y a las de otros niños más pobres que habían perdido algún diente, despistando a los gatos, que siempre estaban al acecho. El Padre Coloma describe así el encuentro del pequeño rey protagonista del cuento con el Ratón Pérez: “El rey niño Buby I colocó su diente debajo de la almohada, como es costumbre hacer, y esperó impaciente la llegada del ratoncito. Ya se había dormido cuando un suave roce lo despertó.”
El personaje del ratoncito Pérez, ya aparece en la novela de Benito Pérez Galdós "La de Bringas" escrita en 1884 y ambientada en 1868 (el autor compara a un personaje, especialmente tacaño, con el ratoncito Pérez), luego debía ser popular para el público ya antes del cuento referido anteriormente.
    Dejamos al Ratoncito Pérez preparando los obsequios para los niños mellados y continuamos nuestro paseo por Arenal hacia Opera. 
      A la izquierda, en el número 7 pasamos por delante de Ferpal, un compendio de cafetería, charcutería, bodega, ultramarinos moderno, donde podemos degustar las mejores cremas para sandwiches de todo Madrid.
   Un poquito más allá, en la misma mano, se encuentra la Iglesia de San Gines, parroquia que data del siglo XII, que después de multiples incendios solo conserva  de la construcción original, la Capilla del Santísimo Cristo de la Redención.  Es una iglesia Real y contiene un tesoro artísitico muy importante. Destaca el cuadro de El Greco, La purificación del Templo. 



  Si nos adentramos por la calle Bordadores, podemos descansar un rato tomando un chocolate con churros en el pasadizo de San Ginés.
   Con las fuerzas repuestas, continuamos nuestro paseo sin prisa, que ya se sabe que no son buenas consejeras. 


  Hacemos nuestra última parada en el número 22 de Arenal, frente al portal de la imagen y leyendo la placa de homenaje. 
  En este portal vivió y murió un famoso matador de toros del siglo XIX de nombre Frascuelo. A este personaje no le traigo aquí por su oficio sino, más bien, por ser coprotagonista de una historia tierna y cruel a la vez. La historia del perro Paco.


El perro Paco frecuentaba los cafés madrileños de la Puerta del Sol y de la Calle de Alcalá a finales del siglo XIX.  Un día del mes de octubre se coló en el Café Fornos buscando algún pedazo de pan. Se acercó al Marqués de Bogaraya, que le regaló con un pedazo de hueso. Las gracias y la simpatía del perro hicieron que le pusiese el nombre de Paco debido a que el Marqués se encontraba celebrando la festividad de Francisco de Asís. El Marqués acudía diariamente a comer al Fornos y esto hizo que se convirtiera en una costumbre visitarlo. Prontó el perro Paco pasó también a la hora de la cena.  Cuando no conseguía nada de comida, cruzaba la calle de Alcalá para ir al Café Suizo. Esta actitud atrajo la simpatía de los habituales de los cafés, y pronto trascendió a la prensa madrileña.
    La prensa le halagaba tanto que llegaron a componerse canciones en su honor. Su bien ganada fama le fue franqueando el acceso a muchos locales, incluso a aquellos en los que la entrada estaba prohibida para perros. No había portero o personal de vigilancia que le negara la entrada, por miedo a "la mala prensa". Paco era un compañero de los carruajes de paseo de los toreros famosos de la época. 
    Cuentan las cronicas que el perro Paco acudía a este número 22 en busca de Frascuelo y le acompañaba en el carruaje hasta la plaza.
    Lo que más le gustaba a Paco eran los toros. En aquel entonces, la Plaza de Toros de Madrid estaba en el lugar en que hoy se alza el Palacio de los Deportes, Avenida de Felipe II entonces llamada Avenida de la Plaza de Toros. 
   Los días de lidia, los madrileños subían a los toros, calle Alcalá arriba, y Paco subía como uno más. Solía ocupar su localidad en el tendido 9 y asistía al espectáculo de la cruz a la raya. Al terminar las faenas, muerto el toro, gustaba de saltar a la arena y hacer unas cabriolas, para regresar a su localidad con los clarines que anunciaban el siguiente toro. A la gente eso le gustaba. Salvo a los puristas. Mariano de Cavia, por ejemplo, escribió crónicas que denostaban al perro y a sus espectadores por considerarlos irrespetuosos con la lidia.
   De hecho, podría decirse que fue la excesiva afición a los toros la que le costó la vida al pobre Paco. La tarde del 21 de junio de 1882, un novillero lidiaba, malamente, a uno de los toros que le había tocado en suerte. En el momento de la suerte suprema, nadie sabe por qué (habría que saber de psicología perruna), Paco saltó a la arena. Comenzó a hacer cabriolas, como reprochándole al lidiador su escasa pericia. Éste, temiendo tropezarse con el can, y para sacárselo de encima, le dio un estoconazo. Se cree que el Perro Paco realmente estaba recriminándo al matador que torturase -con fines de matar y para el disfrute de los espectadores- a otra especie animal como él. Fue el acabose.
A duras penas sobrevivió el lidiador a las iras del pueblo de Madrid, que quería lincharlo. ¡Había herido a Paco! Finalmente, el empresario teatral Felipe Ducazcal, hombre muy querido en Madrid, consiguió apaciguar a las masas  y llevarse a Paco para que lo cuidasen. Mas nuestro can nunca se recuperó y murió poco después. Tras una etapa, sin pena ni gloria disecado en una taberna de Madrid, fue enterrado en el Retiro.
Como nunca llegó a reunirse dinero para hacerle una estatua, no sabemos dónde está enterrado. Pero Paco es, desde luego, un extraño, conmovedor caso de psicología colectiva. Todo un pueblo, el de Madrid, se aplicó a quererlo, a alimentarlo, a respetarlo. Lo que empezó como una diversión terminó siendo un fenómeno de masas, pues incluso hubo avispados comerciantes que lanzaron productos «Perro Paco».
   Aquí termina este primer paseíto lleno de anécdotas e historias de todo tipo.  Hasta el próximo.  

Fotografía: J Ruiz.

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