sábado, 15 de noviembre de 2014

Las canas son un grado y hay que respetarlas

   En esta sociedad basada en el consumo salvaje y en los falsos estereotipos, donde  se adora el becerro dorado de:
 La rabiosa juventud, los cuerpos musculados, la ropa de marca, la diversión a cualquier precio, el todo vale, el yo primero, después yo y luego yo.
   No tengo más remedio que fijarme en mi familia gatuna y observar cómo actúan ante situaciones similares a las de nosotros, los humanos supuestamente inteligentes y avanzados.  

    Mis gatos -del más pequeño al más grande- todos los días  a primera hora se acercan a Carafina, la gata más vieja,  la fundadora de la colonia. Se acercan, decía,  y chocan los hocicos como si se dieran un beso, en un acto de reconocimiento y respeto a la anciana venerable de la manada. 
  Carafina y las demás gatas adultas participan en el cuidado y adiestramiento de los cachorros. No es difícil ver a Carafina tapando con sus patas a los últimos cachorros nacidos,  o a Gotu tranquilizando a fuerza de lametones a los pequeñajos que no cogen el sueño. En cuanto al reparto de la comida, lo tienen muy claro: a los pequeños no les disputan la comida y a Carafinita, la abuelita, tampoco.



    Cuando algún gato tiene un percance y emite un grito de temor o dolor, la manada se revoluciona y adopta una postura de alerta. Inmediatamente buscan la manera de ayudar al afectado, es más, en alguna ocasión, Carafina se ha colocado delante, mirándome a los ojos, como diciendo. ¿Qué  hacemos?
   He podido observar cómo colaboran en la caza y cómo ofrecen la presa a los cachorros para que coman los primeros. 
El adiestramiento de los gatitos corre a cargo de la madre, pero asistida por el resto de los componentes de la manadilla.  
    En resumen, la vida de mi pequeña comunidad gatuna es armónica y  participativa, se respeta a los mayores  y se cuida de los pequeños. ¡Cuánto tienen que enseñarnos!  




  
  
 Fotografía: J. Ruiz
    

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