El último fin de semana, al llegar a la casa del pueblo, fui recibido, entre maullidos y ronroneos, por toda la corte gatuna. Pude observar cómo Gotu, una de las gatitas mas cariñosas y más maduritas (no le gusta que digan, vieja), tenía uno de los mofletes muy hinchado.
La cogí en brazos e intenté abrirle la boca para ver si tenía algo clavado o algún diente roto. La palpé, por si era un bulto extraño, y el animal se revolvía y bufaba cada vez que le rozaba la zona. Nada, no hubo forma de averiguar qué le pasaba.
El asunto empezó a preocuparme ya que he visto casos similares y no han terminado bien. Así que, con todo el dolor de mi corazón, volví a Madrid, sin que se me borrarse la imagen de Gotu, con su carita hinchada.
El lunes, después de resolver unos asuntos que requerían mi presencia, decidí volver al pueblo para ver cómo se encontraba Gotu y llevarla al veterinario si era necesario.
Cuando llegué, con cierta impaciencia, me puse a llamarla como de costumbre. Finalmente, apareció por un tejado el animal. Tenía la cara más hinchada, si cabe. Así es que, como el asunto no admitía más titubeos, me puse al habla con una clínica veterinaria, donde me dieron cita para las siete y media de esa misma tarde. Eso sí, después de explicarles que se trataba de un gato semi salvaje que no había sido transportado nunca, y de expresar mi preocupación sobre la dificultad que entrañaba trasladar al animal en un coche. Asimismo, les planteé la posibilidad de optar por una visita domiciliaria, si la situación se ponía difícil, pero esto era imposible.
A la 6,30 comenzaron las escaramuzas para intentar meter a Gotu en algún medio de transporte. Una y otra vez, con inmensa paciencia, cogía al animalito, lo tranquilizaba y trataba de introducirlo en la caja o en la bolsa. Pero el tiempo fue pasando, los intentos fueron multiplicándose... y nada. El animal cada vez se iba poniendo más terco y violento y yo, más impotente y frustrado ante la situación. Finalmente, en una de las escaramuzas conseguí meterla en la caja.
¡Puff! respiré aliviado. Pero la sensación duró apenas unos segundos, ya que no sé lo que hizo Gotu que logró destrozar la caja y plantarse, ya liberado de su encierro, en medio de la cocina, bufando muy cabreado.
A partir de ese momento, todo fue en vano, todo fue inútil. No me quedó más remedio que llamar al veterinario para cambiar la cita al día siguiente, a lo que me contestaron que era imposible. En la clínica no quedaban huecos hasta dentro de quince días.
Solté a Gotu para que fuera a cenar con sus amigos y me fui yo a cenar solo, apenado y contrariado por no haber sido capaz de solucionar los problemas de mi querida gatita Gotu. Mañana será otro día, ya os contaré cómo termina esta historia.
A partir de ese momento, todo fue en vano, todo fue inútil. No me quedó más remedio que llamar al veterinario para cambiar la cita al día siguiente, a lo que me contestaron que era imposible. En la clínica no quedaban huecos hasta dentro de quince días.
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