Abandonamos Santander con una sensación de vacío, como si nos faltara algo por ver o sentir. Lo positivo de esto es que solo sucede cuando abandonamos un lugar que nos ha calado profundamente y que, con seguridad, volveremos a saborear.
Vamos contemplando paisajes al paso por San Roman, Liencres hasta llegar a nuestra próxima parada: Santillana del Mar.
Santillana no se sabe si es más famosa por su conjunto arquitectónico o por las cuevas de Altamira, próximas a la villa y conocidas como la capilla Sixtina de cuaternario. Por cualquiera de estos motivos, la parada y la visita es obligada.
La mejor forma de disfrutar de Santillana es perderse por sus calles y dejarse sorprender por sus casas, sus balcones, sus piedras y, sobre todo, por la hospitalidad de la gente.
En este lugar se produce un curioso contrasentido: por un lado, la cuevas se han protegido al máximo; por otro, se ha abandonado la villa a su suerte , permitiendo que se convierta en una prendería de venta de recuerdos, sin el menor respeto al entorno, a su historia y a su belleza.









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