Esta calle desciende desde la de Fuencarral a la plaza del Rey. Su nombre se debe al supuesto anecdótico de que dos infantas, hijas de Felipe IV, presenciaran una procesión desde un tablado que con tal motivo se fabricó para ellas en esta calle el 13 de diciembre de 1639.
Como toda vía antigua, se hizo a trechos que tuvieron diversos nombres, así por ejemplo, antes de demolerse en 1807 la tapia de la huerta del convento de capuchinos y abrirse la plazuela del Rey, se llamó calle de las Siete Chimeneas. Y tras la Revolución de 1868 tomó temporalmente el nombre de calle de la Marina Española, volviendo a su antiguo nombre de las Infantas con la Restauración y que de nuevo perdió temporalmente durante la guerra civil española, periodo en el que se llamó calle de Rosalía de Castro. En los siglos XVIII y XIX, el breve tramo inicial, entre Fuencarral y Hortaleza tuvo el castizo nombre de calle del Piojo, con el que aparece en algunas obras de Galdós.

Según la tradición legendaria, el convento demolido debía su nombre a un oscuro incidente ocurrido en 1630. Ese año, la Inquisición recibió una denuncia sobre una familia de judíos portugueses que había llegado a Madrid y se había establecido en una casa alquilada en la esquina de las que más tarde figurarán en los callejeros como calle de las Infantas y calle de San Bartolomé, donde habían abierto una mercería. La denuncia acusaba a aquella familia de profanar repetidas veces una imagen de Cristo crucificado. No se sabe de cierto si los portugueses llegaron a quemar el que luego sería llamado Cristo de la Paciencia, pero sí hay constancia de que ellos fueron condenados por la Inquisición y quemados en el auto de fe celebrado el 4 de julio de 1632 en la Plaza Mayor. La casa donde se había producido la profanación fue demolida poco después e Isabel de Borbón, esposa de Felipe IV de España, ordenó la fundación de un convento a la orden capuchina, como custodios de las cenizas de la imagen que se depositaron en el interior de una urna nueva.

A este largo preámbulo histórico sigue el acontecimiento 'festivo' que dio origen al nombre de la calle, y que fue la "enorme y solemnísima procesión" organizada con todo el boato católico de la época el 13 de diciembre de 1639, durante la cual fue trasladado el Cristo (cuyos restos se habían conservado hasta ese momento en el convento de San Antonio del Prado) al nuevo edificio levantado para los capuchinos. Para que las infantas María y Margarita, hijas de Felipe IV de España, pudieran presenciar el cortejo se levantó un majestuoso tablado "con adornos de seda y veludillo de oro". Aunque como ya se ha comentado en una nota, ninguna hija viva de Felipe IV pudo estar en esa procesión en 1639, salvo María Teresa de Austria con un año de edad, cosa harto improbable también.

Cuenta Pedro de Répide que hubo una fuente en el mencionado convento capuchino de la Paciencia que, al ser derribado para urbanizar parte de esta calle y las aledañas, se llevó a la de don Juan de Austria. Por su parte, el decano de los cronistas madrileños, Ramón de Mesonero Romanos, describe así la transformación urbanística de la zona:
"La calle frontera a las Infantas, especialmente en su último trozo, abierto, como queda dicho, por la huerta del Cármen en tiempo de Godoy, ha adquirido mayor importancia con las nuevas casas construidas en dicha huerta por el señor Murga, y el teatro del Circo, en donde ahora se llama la plazuela del Rey y antes era una callejuela en escuadra que se llamaba de "las Siete Chimeneas".
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