El Real Hipódromo de Legamarejo, mas tarde Hipódromo Nacional de Legamarejo, fue un hipódromo del primer tercio del siglo XX situado en el término municipal de Aranjuez.
Sobre su origen se sabe que ya por 1852 existía un hipódromo en el soto de Legamarejo. Era frecuentado tanto por ribereños como por madrileños que acudían mediante la línea férrea Aranjuez-Madrid.
Posteriormente, en el otoño de 1916, por iniciativa del monarca Alfonso XIII y con el apoyo del ayuntamiento de Aranjuez, comenzó la construcción de un nuevo hipódromo de mayores dimensiones y mejor preparado, sobre el trazado del anterior. El encargado de llevarlo a cabo fue el caballerizo mayor del rey, el marqués de Viana.
Se inauguró el 24 de mayo de 1917 contando con la presencia de los reyes Alfonso XIII y Victoria Eugenia, así como de otros miembros de la familia real.
A la vez del hipódromo se construyó un apeadero en la línea férrea Madrid-Aranjuez, antes de llegar a la estación de Aranjuez, permitiendo un mejor acceso desde Madrid por tren.
El circuito contaba con la habitual forma de 0 tumbado encontrándose los ejes rectos paralelos en dirección este-oeste.
Las tribunas y gradas se disponían en la parte norte del circuito. Las construcciones referidas estaban construidas en estilo rústico, a partir de materiales ligeros como madera y caña. Por el contrario, la tribuna real estaba realizada con materiales duraderos, en estilo toledano, con columnas de piedra, cubierta con estructura de madera, suelo de barro y azulejos y zócalos de azulejería. Esta tribuna contaba con una terraza cubierta para contemplar las carreras y en el interior, un salón de té y un cuarto de baño.
El advenimiento de la Segunda República no supuso la decadencia de las instalaciones, antes bien le dio un cierto impulso. Especial notoriedad obtuvo el circuito en 1933 tras la demolición del hipódromo de la Castellana y antes de la inauguración del nuevo hipódromo de la Zarzuela.
A pesar de ello, en 1934, el hipódromo fue clausurado, parcelándose al año siguiente sus terrenos con destino a la labranza.
En la actualidad quedan únicamente restos de las formas curvas de la arena, especialmente apreciables desde el aire.





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