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martes, 5 de diciembre de 2023

Leyendas y lugares. Muerte en el Palacio de Cañete

   

    El caso del Palacio de Cañete debió de ser de los más desconcertantes para los madrileños. Sobre todo, cuando supieron que el cadáver del marqués que habitaba la mansión apareció atravesado por una espada en una de las habitaciones, sólo horas después de la reunión que mantuvo con el clérigo Antonio Amada. En su declaración, el religioso afirmó que cuando salió del palacio el marqués estaba vivo, pero como nadie pudo corroborar su teoría, y dado que fue el último en verlo, se le declaró culpable.   

   Por eso fue ejecutado y se le amputó una mano, que fue colgada en la puerta del palacio para que sirviera de ejemplo. Es entonces cuando surgen los fenómenos de difícil explicación: muebles que se arrastran por el suelo, ruido de cadenas, velas que se encienden solas o gritos en mitad de la noche que aterrorizan a los habitantes de la casa. Y para colmo, comienzan las apariciones. Por un lado, el fantasma del clérigo que clama por su inocencia. Por otro, el del marqués, que vaga por las habitaciones pidiendo justicia.

     

    Durante años se sucedieron estos fenómenos y los madrileños se santiguaban al pasar por la calle Mayor bajo las ventanas del palacio. Hasta que un día, uno de los criados del marqués asesinado confesó en su lecho de muerte que había matado a su señor. El motivo era que el marqués trataba de seducir a su mujer. 

     Una vez conocida la verdad, la mano amputada fue retirada, pero hay quien asegura que los fantasmas siguen rondando las habitaciones y que por las noches aún se escuchan ruidos y lamentos.

jueves, 10 de abril de 2014

¿Fabula o realidad?

Me gustaría compartir con vosotros esta historia que me ha llegado a través de un gran amigo y ex compañero de fatigas: Carlos.


    Érase una vez un rey que, cansado de no hacer nada, decidió ir de caza para entretenerse. Antes de salir, llamó a su asesor del tiempo y le preguntó por el pronóstico para las próximas horas.
    El asesor, después de  consultar un montón de mapas, le aseguró que podía marchar tranquilo, pues no llovería en toda la semana.

    El monarca pensó que, como su novia Colina vivía cerca de la reserva donde iba a cazar, pasaría antes por su casa para rendirle pleitesía. Vistió sus mejores galas, se acicaló y se puso en camino.

    Pasada una hora  se cruzó con un campesino montado en un burro, que al ver al rey dijo:
    "Señor, es mejor que vuelva a palacio, pues va a caer un buen aguacero".
    El rey ni siquiera se detuvo y continuó pensando: "¡Qué sabrá este animal! yo tengo al mejor asesor del tiempo y el mejor pagado".
    Como había pronosticado el campesino, la tormenta se desencadenó y llovió torrencialmente. El rey  se empapó y se vio obligado a cobijarse en casa de su novia. 
     La novia, al ver llegar al rey de esa guisa, no pudo hacer otra cosa que reír, reír y reír.   
    El pobre monarca, herido su orgullo y su vanidad, volvió raudo a  palacio con la intención de destituir fulminantemente a su asesor y de mandar llamar inmediatamente al campesino a su presencia. 
  El campesino, temeroso y angustiado por la convocatoria del monarca, corrió veloz a palacio. Una vez allí, fue llevado en volandas a la sala de audiencias, donde el rey le ofreció el oro y el moro para que aceptara el puesto de meteorólogo real. El campesino, muy serio, le dijo al rey: " Señor, yo no entiendo nada de eso, lo único es que si veo las orejas de mi borrico caídas, quiere decir que lloverá".
    El rey meditó un momento y decidió contratar al burro con el sueldo del anterior asesor del tiempo. 

   Así se instauró la costumbre en la corte de contratar a los burros como asesores del gobierno y con los mejores salarios.