Todos los años igual: llega la sabionda de la Botella y enciende las luces. Días antes, los prepotentes del Corte Inglés nos llenan las pantallas de bolas, árboles y chicas macizas vestidas de Santa Claus; los del cava nos sacan a famosetes bañándose entre burbujas... y entre col y col, el calvo de la lotería nos echa unos polvos -perdón, nos llena la casa de polvo- o sale un pobre hombre al que ¡hasta su mujer! lo manda al bar y nos hace llorar un poquito.
Digo yo que, si Dios hubiera querido que nos enteráramos de la Navidad a través de estos listillos, no habría creado los acebos, ni los cactus de Navidad.
Por eso yo, mientras limpio los polvos del calvo y me enjugo las lagrimas del hombre del bar, observo mis cactus y cuando están como hoy, me digo:
¡Es Navidad! ¡Mi Navidad! y si no fuera por el espíritu que trae aparejado, diría a la Botella, al Corte Inglés, a los del cava, al calvo y al del bar. ¡Que os den! pero me corto un poquito y lo cambio por ¡Feliz Navidad!
Fotografía: Viky Ruiz
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