Santiago es una ciudad mágica tanto de día como de noche. Pero es al ocaso, cuando las sombras se imponen a las luces, es cuando el vuelo de meigas y los brujos rozan con sus capas las tapias, paredes y puertas impregnandolas de conjuros blancos y negros.
En esas horas es cuando Santiago tiene un sabor diferente, embriagador, que invita al paseante por un lado a la cama y por otro se lo impide.
Fotografía: J Ruiz
















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