sábado, 30 de abril de 2022

Calle del Codo

   

  Sus escasos 75 metros de longitud y la forma que tiene, creando casi un ángulo de 90º llevaron al Marqués de Grabal a bautizarla con ese nombre a principios del siglo XVIII, por lo que pasar por ella supone regresar al Siglo de Oro Español.

   

Esta pequeña vía une dos de las plazas con más encanto de Madrid: la del Conde de Miranda y la de la Villa. Y puede presumir de albergar un espacio protegido por el entorno histórico artístico que la rodea: haciendo esquina con la Plaza de la Villa se encuentra la Torre de los Lujanes. En esa misma parte de la calle están también la Real Sociedad Económica Maritense de Amigos del País, la antigua Hemeroteca Municipal y la Iglesia del Corpus Christi, en la que se encuentra el Convento de las Carboneras, ya que la congregación guarda una imagen de Inmaculada Concepción encontrada en una carbonería y a la que se le atribuyen diversos milagros.

  Ajena al sol, tan sombría y oscura que casi no conoce el día, perdura en el callejero de Madrid como una suerte de reliquia del Siglo de Oro.

  Esta vía, además de ser un lugar de tránsito entre las tabernas de la Villa, fue un punto habitual de duelos entre caballeros. Pasados más de tres siglos, aunque con un tránsito y una consideración opuestos, mantiene intacta su atmósfera de Madrid antiguo. 

 Se mantiene el vinculo entre la calle y Francisco de Quevedo. Dicen que don Francisco acostumbraba a orinar en este punto.  Cada noche, al regresar de su ronda por las tabernas de Madrid, Quevedo se detenía a orinar en la misma tapia, desatando el enfado de quienes allí vivían. Incluso se ha dicho que uno de los vecinos, con la intención de tocar la conciencia del literato, pintó una cruz con el mensaje «No se mea donde hay una cruz». Él, fiel a su ironía, contestó con un nuevo depósito y otra frase: «No se coloca una cruz donde se mea».




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