La calle de la Ruda está situada en el barrio de La Latina, no siempre ha sido el lugar que es hoy en día.
El nombre a la calle le viene de la planta arbustiva así llamada, la Ruta Graveolens, que vale tanto como ornamental de jardín como hierba medicinal o como condimento. Hasta ella llegaban las tapias del huerto del cercano convento de la Latina y precisamente, en la parte de la calle se situaba un considerable plantel de Ruda.
Estratégicamente situada entre el nacimiento del Rastro y el Mercado de la Cebada, fue el lugar elegido para vivir por mercaderes y comerciantes. A la vez albergó un mercado al aire libre desde finales del siglo XIX.
La Ruda era durante casi toda la mañana un mercado bullanguero, animado, lleno de gente que se daba codazos y de banastas en el suelo o en tablones, tanto en las aceras como en el centro de la calle, con sus vendedoras pregonando la bondad de sus productos a voz en grito.
Dada la actividad que se desarrollaba, su caracteristica principal era la falta de limpieza. Lo normal era que cuando se hablaba de la calle se la tratara de muladar, zoco africano, foco de infección, etc.
La fama de la calle de la Ruda era pésima. Allí se vendían alimentos en mal estado a unos precios muy bajos. Aun así mucha gente los compraba porque era su única oportunidad de echar algo al puchero.
Esta situación levantaba protestas que pedían soluciones o la supresión de la venta callejera, pero a pesar de ello el mercado siguió funcionando hasta 1936.Políticamente fue una calle comprometida con los movimientos de izquierda y republicanos, así en el número 21 hubo un Centro Republicano y un Centro de Instrucción de Obreros muy dinámico, que incluso llegó a dar mítines feministas, dentro de otras muchas actividades divulgativas y formativas.
Son famosas por diferentes circunstancias las verduleras de la Ruda, mujeres curtidas por una vida en absoluto plácida y por un trabajo duro en el que era obligado pelear constantemente. Pelear con sus vecinas de puesto, con las vendedoras del mercado de la Cebada, con las clientas, con los guardias…. Muchas veces eran el sustento básico familiar, el único sueldo que entraba en la casa.
Los motines de las verduleras eran temidos y temibles, tanto por el asunto en si como por las protagonistas que no se achantaban lo más mínimo cuando la cosa se ponía fea, y eran capaces de enfrentarse a cualquier cosa que se les pusiese delante con una fiereza que imponía.
El motín de julio de 1892 fue, probablemente, el de mayor envergadura. El origen está en el fuerte incremento del impuesto sobre la venta de verduras que había establecido el alcalde conservador Alberto Bosch. Se llegó a subir de unos 15 céntimos por término medio por banasta hasta los cincuenta céntimos.
La presencia de la policía en la calle era constante, donde los robos con violencia y las peleas estaban a la orden del día. Solo entre 1849 y 1935 los agentes tuvieron que hacer acto de presencia en esta calle por delitos mayores al menos en 80 ocasiones. Las riñas y peleas entre los comerciantes eran tan comunes que a menudo transcurrían sin que la policía hiciera acto de presencia.


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