Era muy niña en 1757, cuando murió su padre. A raíz de ello, su madre se retiró a un convento, y ella —con cuatro años de edad— fue admitida en el de las Salesas Reales de Madrid, pensionado femenino fundado por la reina Bárbara de Braganza, donde las niñas de la nobleza recibían una educación esmerada. Tenía nueve años cuando murió su abuelo paterno, a quien sucedió en sus numerosos títulos nobiliarios y estados: entre ellos el de condesa de Montijo, por el que desde entonces fue conocida.
Desde muy joven, la condesa de Montijo manifestó una gran inquietud intelectual, se impregnó de ideas ilustradas y sintió el impulso de difundirlas en la sociedad. El medio que para ello se le ofrecía expedito era el de las relaciones sociales, pero a lo largo de su vida buscó siempre una mayor proyección pública.
Su conocimiento del francés le dio acceso a una amplia literatura y le facilitó el trato con personas de otros países, sobre todo de Francia. Podían ser huidos de la Revolución, viajeros de paso o amigos que la visitaban. Su afán de fomentar el progreso en todos los órdenes de la sociedad, la llevaba a interesarse por cuantos compartían este ideal, así fueran intelectuales, artistas, técnicos... También le permitió mantener una importante correspondencia con escritores de toda Europa.
Con solo veinte años, tradujo del francés las Instrucciones christianas sobre el sacramento del matrimonio y sobre las ceremonias con que la Iglesia lo administra (1774): extracto parcial de una extensa obra del sacerdote Nicolas Letourneux, prior de Villers, que versaba sobre los siete sacramentos. Francisca hizo la traducción por encargo del obispo de Barcelona, José Climent, para remediar una necesidad de catequesis que este había detectado en su diócesis. Pero el autor fue después sospechado de jansenismo, y esto acarrearía graves problemas a la traductora.
Como su amiga la marquesa de Fuerte Híjar, Francisca mantuvo un salón literario en su palacio de la calle Duque de Alba, de Madrid, lo frecuentaban académicos, eclesiásticos, religiosos, altos funcionarios, artistas y aristócratas. El ambiente era amistoso, casi familiar: los asistentes reían, recitaban, charlaban o redactaban el correo particular, pero no era un salón frívolo. Los asuntos preferidos de conversación eran la filosofía, la moral, la religión y la política.
La sospecha de jansenismo que se cernió sobre sus contertulios más asiduos fue injusta. En general, abogaban por una religión más pura, predicada por sacerdotes cultos y libre de superstición, sentimentalismo y milagrerías. Daban a conocer obras de esta tendencia, sobre todo italianas y francesas, y despreciaban la autoridad del Santo Oficio, considerando que solo los obispos estaban legitimados para velar por la fe católica. Muchos de ellos serían acusados de jansenismo durante la verdadera persecución —más política que religiosa y más jesuítica que inquisitorial— que desató Godoy contra los partidarios de Urquijo a raíz de la caída de este ministro (1800).
La condesa de Montijo participó en la creación de la Junta de Damas de Honor y Mérito, adscrita a la Sociedad Económica Matritense de Amigos del País. Fue elegida secretaria y permaneció en el cargo durante dieciocho años. Perteneció a la Comisión de Educación Moral, creada en 1794, y dirigió la Escuela Patriótica de San Andrés, que contaba con noventa y seis alumnas. También participó en la creación de una Asociación de Presas de la Galera, que facilitaba el aprendizaje de oficios a las reclusas de dicha cárcel, e intentaba aliviar sus pésimas condiciones de vida. Acometió también la reforma de la Inclusa de Madrid, tras ser nombrada curadora de expósitos: en solo un año, logró que la mortandad bajara de un 80 % al 46 %.2
Las Escuelas Patrióticas, dedicadas a la instrucción de niñas pobres, fueron preconizadas por Campomanes en su Discurso sobre la educación popular de artesanos y su fomento. En Madrid impartían un programa de tres años, durante los cuales se mantenía y vestía a las alumnas mientras aprendían un oficio: sobre todo los relacionados con el tejido de telas corrientes.
Falleció el 15 de abril de 1808 en Logroño, donde estaba desterrada de la corte, contagiada de unas fiebres que apestaron esta ciudad.






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